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Por Javier Castañeda - La Vanguardia
El Planeta está enfermo: enfermo de complejidad. El mejor termómetro de esta complejidad creciente y exponencial está en las calles. Los paisajes urbanos se han convertido en un laboratorio móvil y cambiante donde poder comprobar de primera mano la dificultad que conlleva mantenerse en equilibrio sobre el alambre vital de nuestros tiempos.
Imagino que si nuestro actual ADN pudiera pedir un deseo, respondería sin dudar: que las personas fueran como de chicle. Así el ser humano podría adaptarse sin problemas a los estiramientos y las exigencias que se multiplican en un mundo cambiante y caprichoso. Constantemente escuchamos que la vida es muy dura y que hay que estar muy bien entrenado para tener éxito. Pero frases como ésta, mezcladas entre los sorbos del café y el saber popular, ponen un poco nervioso.
Sobre todo porque la gente las asimila con la misma facilidad con la que apura el cortado y luego, a ver quien es el guapo que las saca del inconsciente colectivo. Nos guste o no, la competitividad se ha instalado en nuestras vidas. Ahora nos enseñan a correr más y mejor desde pequeños, pensando que así estaremos más preparados de adultos. Pero lejos de correr más y como todo el mundo sabe, de adulto se suele ir más despacio, lo cual lejos de ser malo, parece hasta natural. En cambio, se suele tener más experiencia, aunque Oscar Wilde decía que “la experiencia es el nombre que todo el mundo da a sus errores”.
El caso es que con tanto afán por ir deprisa, por correr y por competir, la sabiduría popular que antaño se transmitía de padres a hijos, parece haberse extraviado por el camino y ha dejado el terreno abonado para una nueva serie de entrenadores de todo tipo. El individuo del XXI, probablemente abrumado por tan acuciante demanda, ha sido fagocitado por un desmedido afán de perfección. Y ha rendido sin condiciones su sentido común a todo tipo de ejercicios gimnásticos, en un desesperado intento de realizar las difíciles cabriolas que la vida le plantea.
Así, las empresas están llenas de formadores que reciclan constantemente al personal adecuándolo a las continuas demandas del mercado. Los más pudientes lo hacen de modo individual y poseen su propio coach o entrenador, ese híbrido entre sargento, amigo y consejero que nos proporcionará las recetas probadas del bienestar en cada momento. Sobre todo, nos hará sentirnos seguros para afrontar cualquier vicisitud que la vida pueda traer. Del mismo modo, abundan los P.T. o personal trainners en el gimnasio. Podrían haberse llamado simplemente entrenadores, pero claro, la vanguardia cultural viene desde Estados Unidos desde hace más de un siglo.
La cuestión es: ¿qué pasa por la cabeza de un ser humano al decidir continuar dejando que el “destino” lo lleve de un lado para otro como el viento a un barco a la deriva? Quizá en la era de la complejidad en la que nos hayamos hoy en día, la gente tenga problemas para reconectar consigo misma o está tan perdida o desesperada que no sabe resolver según qué cuestiones. Ante esa incapacidad, prefiere pagar para que la guien y ayuden a resolver sus problemas; y la evolución social, unida a la necesidad de aprender a manejarse en la vida, genera nuevas profesiones. Proliferan las personas que acuden a la consulta de un filósofo para hallar consuelo al difícil oficio de vivir en un baño de Epicuro, Platón y Sócrates. En Barcelona, por ejemplo, acaba de abrir la primera escuela de España para padres quienes, ante la incapacidad de lidiar con sus hijos, dejan los complejos en casa y acuden a clase para intentar entender algo del complejo meollo paterno-filial. Probablemente proliferen más escuelas de este tipo.
La creciente complejidad de los esquemas actuales provoca no sólo la imposibilidad manifiesta de gobernarse a uno mismo, sino también a sus descendientes. Cada disciplina tiene hoy un corpus de conocimiento tan amplio que cualquiera se ve sobrepasado y por ello se acude al profesional de turno o se confía en aquél que ha ayudado a otros como nosotros. Diríase que a más avances, mayor complejidad y, a este paso, vamos a necesitar un coaching hasta para ir al lavabo. Quizá sólo nos quede intentar aprender -con optimismo- a desenvolvernos entre las nuevas coordenadas, no vaya a ser que, como dice -acertadamente esta vez- el entrenador emocional Antoine Filissiadis, “el miedo a perder nos haga perder”.
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